Era el año 2150, Amelia era una joven morena, de cabello lacio y largo y aunque era amante de los dulces, mantenía una figura delgada debido a su pasión por las bicicletas. A sus veintidós años, sus ojos delataban vivacidad y curiosidad por la vida y aunque había desarrollado un carácter firme a lo largo de los años, también era una joven muy sensible, llena de sueños y con un gran amor por los demás lo que le había llevado a estar inmiscuida en más de un conflicto por ayudar a otros.
Amelia vivía en una de las tantas domourbes que se habían desarrollado en el mundo en la segunda mitad del siglo XXI justo antes del gran colapso ambiental del 2095. Estas ciudades se extendían a lo largo de varios kilómetros y estaban encerradas en grandes estructuras de cristal. El oxígeno para sus habitantes era filtrado a través de grandes maquinarias conocidas como los mega pulmones los cuales evitaban asimilar el aire contaminado que se encontraba fuera de los domos.
Tiempo atrás, las grandes emisiones de dióxido de carbono habían ido degradando en forma lenta y progresiva el oxígeno de la tierra a tal punto que la salud de la población humana fue mermada progresivamente llegando a un punto crítico y casi letal para el año 2050.
Varias organizaciones científicas que habían estudiado el problema ambiental desde finales del siglo XX presentaron diferentes alternativas para darle solución, eligiendo finalmente el desarrollo de las domourbes. Y, aunque en un principio parecía una locura, estas fueron finalmente establecidas entre los años 2060 y 2095, año en el cual tuvo lugar el gran colapso y no se pudo desarrollar más domourbes…salvándose solamente quienes habían sido instalados en las mismas hasta ese momento.
Los gobiernos de estos nuevos tipos de ciudades no habían cambiado en gran manera a lo que era antes de la gran catástrofe. Los intereses económicos primaban sobre el ser humano, la alimentación era controlada por algunos monopolios al igual que el agua obtenida de fuentes subterráneas.
Como las comunicaciones y la transportación se habían desarrollado en gran manera, los habitantes de las domourbes podían viajar entre estas y además mantener contacto con las personas de otra domourbe a través de sistemas de conexión avanzados.
Fue de esta manera que Amelia conoció a Cesar, un joven de 28 años comprometido con la ciencia y que trabajaba en uno de los principales proyectos investigativos del momento, la descontaminación total del aire de la tierra.
César era apasionado e inteligente, le gustaban los libros y desde que era un niño se había identificado con el servicio a los demás; pero sobre todo, su mayor sueño era volver a vivir en un planeta lleno de plantas como el que veía en viejas fotos.
Fue así que, al enterarse de que el proyecto de descontaminación buscaba colaboradores especializados, envió su aplicación y para su satisfacción fue aceptado; sin embargo, tanto para él como para otros miembros de aquel equipo, la situación a veces resultaba frustrante ya que llevaban años persiguiendo su objetivo, pero debido al volumen de contaminación parecía una utopía lograrlo.
César y Amelia habían desarrollado una relación muy profunda y lo único que anhelaban cada día era estar el momento E, como ellos le llamaban al espacio en el día donde conectaban sus pcas (computadoras personales avanzados) y podían hablar durante largo tiempo y soñar el momento en el que pudiesen estar juntos definitivamente, ya que sus encuentros personales se limitaban a un viaje de su domourbe o viceversa cada mes debido al tiempo que César pasaba en el desarrollo del proyecto.
Todo transcurría en paz entre esta pareja, hasta que la mañana de un viernes Amelia recibió la trágica noticia. Por error, en el laboratorio que César estaba trabajando hubo una gran filtración de aire contaminado que afecto a éste y al otro investigador que estaban de turno en ese momento, lamentablemente no se pudo hacer nada y ambos murieron.
Amelia quedó destrozada y la fortaleza que le había caracterizado fue opacada tras una cortina de tristeza que le acompañaría por varios años…. Y como todo en la vida, un día y de igual forma inesperada, mientras caminaba por unas viejas edificaciones en el ala oeste de su domo urbe, Amelia encontró algo que se convertiría en su mayor tesoro.
Justo en la parte interna de las estructuras de un viejo puente mientras Amelia trataba de sujetarse para saltar de una viga a otra, halló una pequeña caja metálica, la cual no le tomó mucho tiempo abrirla, descubriendo algo que la llenó de asombro e inmensa alegría a la vez. En hermosos sobres de papel de varios colores y colocados en orden alfabético había semillas de diversos tipos de plantas.
En otro momento de la historia este encuentro no habría tenido nada de extraordinario, pero en el tiempo de las domourbes, ese hallazgo era muy valioso y hasta riesgoso.
La mega compañía MOLANO monopolizaba, a través de la manipulación genética, toda la producción de plantas. Nadie podía comprar, vender o intercambiar semillas sin el estricto control de esta corporación. De esta manera el mercado de alimentos, las flores decorativas, o los pocos cientos de árboles que quedaban estaban bajo el control de esta organización.
Amalia nunca había visto una semilla real y encontrar esta caja llena de vida le hacía sentirse muy afortunada…sintió en lo más profundo de su corazón que la vida le volvía a sonreír… sin embargo, también intuía que una gran responsabilidad llegaba a ella. Comprendió que lo que tenía en sus manos podría transformar en gran manera su vida y la de millones de personas y se le ocurrió una idea extraordinaria a la cual más tarde la nombraría PROYECTO CÉSAR.
Sin dudarlo, Amelia tomó la caja metálica consigo, la llevo a su casa y empezó a investigar todo acerca de las semillas que había encontrado. Mientras esto ocurría, en su mente recordaba palabras de Cesar acerca de lo importante que eran las plantas para el planeta tierra y de cómo eran indestructibles y podían sobrevivir a grandes catástrofes.
Quizá no siempre le había creído y muchas veces no le había entendido su gran pasión por el asunto; pero ahora era diferente, siendo ella la contagiada de un amor exacerbado por estás pequeñas criaturas.
En poco tiempo Amelia había hecho grandes hallazgos sobre su tesoro. Comprendía el proceso de reproducción, cada vez estaba más clara sobre el uso de la luz para el crecimiento de las plántulas. Había desarrollado una clara habilidad en cuanto al suministro del agua- que por cierto era otro bien preciado- y poseía una profunda sensibilidad en el cuidado de sus nuevas compañeras de vida.
Como no podía exponer su descubrimiento al público, su habitación se transformó en un laboratorio destinado al desarrollo de sus plantas que Amelia había hallado De esta manera el proyecto iba tomando forma y la habitación de Amelia se transformó en un laboratorio destinado a la reproducción de las plantas que Amelia había hallado.
Pasaron las semanas y Amelia empezó a ver resultados, la gran mayoría de semillas estaban germinando y habían producido los primeros resultados, con lo cual Amelia no podía contener su emoción, siendo sus cómplices de alegría las mismas pequeñas plántulas que comenzaban a desarrollarse.
Al cabo de seis meses, la habitación parecía un verdadero “minijardín botánico” donde se encontraba todo tipo de plantas, con lo cual la segunda fase del plan CÉSAR daría inicio siendo también la más riesgosa.
Por la naturaleza altruista de Amelia, el siguiente paso consistía en compartir su preciado secreto; de tal manera que seleccionó un grupo de personas de su domourbe que compartían algo en común, el amor por la vida y el ideal de una vida mejor para todos. A cada uno de ellos decidió obsequiarles una planta para que la mantuvieran en su casa y comenzaran a producir más plantas y las regalaran a otros, hasta que todas las domourbes estén llenas de plantas en forma gratuita y sin monopolios.
En su lista de escogidos estaban ex compañeros de estudios, vecinos, profesores, amigos, los cuales fueron convocados a su apartamento-y mini laboratorio-quedando fascinados con lo que observaban.
La mayoría se unieron a su plan con la gran más grande alegría y lo recibieron de buen agrado, pero un par de ellos, Daniel y Susana, no quedaron tan contentos con la propuesta.
Amelia los había conocido a través de César. Los dos habían sido dos de los mejores maestros del joven y quienes le habían inculcado el amor a la vida y especialmente a las plantas. Sin embargo, al pasar del tiempo, se habían alineado con la visión de MOLANO, sin que esta información llegara a los oídos de la joven.
El PROYECTO CÉSAR empezaba a marchar, plantas y semillas se dispersaban por doquier y Amelia veía que su sueño se convertía en realidad, pero Daniel y Susana ya habían denunciado a la soñadora ante representantes de MOLANO.
Una noche, mientras Amelia descansaba en su habitación, entraron dos hombres, taparon su boca y le dispararon tres veces en la cabeza, destruyeron la habitación, tomaron el cuerpo, se lo llevaron y lo lanzaron en un incinerador de una de las viejas fabricas metalúrgicas.
Todo había fue tan rápido y violento que sus amigos y conocidos no supieron exactamente los verdaderos hechos acontecidos con Amelia; nada más desapareció un día.
Sin embargo, y a pesar de lo que esperaban sus asesinos, el PROYECTO CÉSAR siguió en marcha, más personas se unieron a la idea y de esta manera miles de plantas se dispersaron. En un lapso de trece años llenaron las domourbes, viniéndose abajo el imperio de MOLANO.
Y aunque el aire de la tierra seguía contaminado, el proyecto CÉSAR hizo mejor la vida de miles de personas y Amelia se convirtió en uno de esos pocos personajes que hicieron que la vida de la humanidad valga la pena.
© 2023 SISA Casa de Amor y Sanación